Presentación
En sus cuentos, Nicolás Baresch nos invita a caminar por senderos escondidos en la intensidad de la selva y el bosque, donde los jardines no solo son espacios de belleza u orden, sino también territorios de memoria, resistencia y transformación. Son historias que nacen del encuentro con la tierra, de largas salidas al amanecer en busca de caminos secretos, y del vínculo profundo que existe entre los animales, las plantas y quienes los acompañan en sus rutas.
El primero de estos relatos nos transporta a un mundo donde un Cusumbo, ese pequeño y astuto animal, narra sus aventuras y su visión del entorno, tocando las raíces mismas del jardín que siempre ha sido, en su propia manera, un lugar de protección y de hábitat. El segundo, desde la mirada de una persona que sigue su camino en el bosque, nos muestra cómo cada huella y cada árbol esconden mundos invisibles, y cómo los límites entre lo natural y lo artificial, entre lo humano y lo no humano, se desdibujan en esa interacción constante.
Estos textos no solo son historias sobre animales y naturaleza; son reflexiones sobre cómo pensamos, cómo construimos nuestros espacios, y cómo todo esto está ligado a un legado histórico, social y cultural que todavía nos atraviesa. Nos desafían a imaginar otros jardines, otros paisajes, otros modos de habitar y entender el mundo, más libres de las ataduras del orden impuesto y más abiertas a la pluralidad de voces y formas de vida.
Les invitamos a adentrarse en estos relatos, a dejarse llevar por la voz de Nicolás y a explorar cómo, en la fisura de cada historia, germina la posibilidad de pensar otros mundos, otras maneras de relacionarse con lo que nos rodea. Porque en medio de las fisuras, de esos espacios desde donde miramos y cuestionamos las estructuras de poder, florecen los jardines más sorprendentes, los que desafían y replantean las maneras de habitar el mundo.
Equipo editorial FISURAS
CUENTO TEJIDO
Nicolás Baresch U.
(Cuenca del río Bogotá). vive y trabaja en el bosque alto andino desde hace 34 años. Artista de formación y naturalista en la práctica, combina su vínculo con la naturaleza con el arte, donde escribir y tejer han sido prácticas esenciales en los últimos 20 años. Su obra refleja una profunda conexión con el entorno natural y las narrativas que emergen de él.
a. Nocturno
Ya se oyen las estrellas desperezarse se quitan la capa de luz que las cobija
otras van a salir de las montañas ñññ entonces salgo yo antes de la madriguera con los ojos aún hinchados
bajo tierra los túneles tapan el claro de luna
se enredan recovecos tirabuzones al fin una boca a la superficie bajo una piedra que deja alumbrar la noche fuera de casa
volteo para ver con cariño el pozo
huelo el mundo con un vaivén de nariz para aclarar los ojos
arranco el chusque que está saliendo mala hierba
con boca delicada acomodo el quiche rojo que cayó de día mientras dormía frente al verde
en el jardín de musgos multicolor
cada uno recuerdo de un viaje que crece y se expande uniéndose con otros
mordida tajante para las malezas las ramas bajas las trepadoras
engalano mi patio y despejo los caminos que el cielo tapa con sus ramas secas
son cinco caminos uno al norte otro al occidente otro donde hay agua
cause que se va secando por más que llore para alargar sus aguas
otros dos de cacería
voy por uno de los últimos
el jardín da paso al bosque con sus peligros y trampas
las chicharras usan el aire para cantar como una sierra comiendo metal
el tiempo del bosque se cuenta por trinos de grillo
primero el de rayas luego el negro
rojo verde y el tiempo ha pasado
bicho descuidado un grillo-esperanza una cucaracha de madera ñam de un solo bocado y me relamo pero hoy quiero huevos
soñé con uno enorme casi como yo cusumbo pero su cáscara era muy dura y extrañaba a los otros con los que viví cuando era joven para romperlo
entonces me subo a los árboles mis tobillos traquean
suena como grillo con pereza
ver si hay nidos tronco tras tronco hasta que veo un colibrí en un espino
subo con cuidado
catatonia lo muevo con las patas
no se despierta
no puede hasta que amanezca
sentado en sus hijos me los como a los tres en nombre del padre del hijo etc.
siento un lechuza un tigre una enfermedad miro para lado y lado
bajo la cola escondo la cabeza
veo bandas de pelo café negro café negro y me acurruco shhhh… sobre la rama alta
no hay que hacer ruido
qué desgracia sería quebrar una rama
oler
morir
qué desencanto
soy silencioso invisible insípido quieto
bajo cuando pasa el peligro una chicharra canta muy cerca
ya pensaba que era vulto en la rama
la mastico sin que se percate
chirría en mis dientes
camino sorteando troncos y raíces veo un hongo joven
lo lamo como si fuera tabaco
(me enseñó mi madre)
sigo el cauce del camino de animal pequeño
el suelo se tiñe de rojo con los frutos de arrayán
voy comiendo fruta a fruta la boca se me llena de perfume hasta saciarme
olvido el agua-peligro-avederapiña
yo como ñeññeñ… mientras cantan los grillos
saciado me devuelvo por el camino que hice con hambre
satisfecho
se atraviesa un caracol quiere que lo coma
por eso se deja ver
lo miro un rato lo abrazo entre patas y dientes de un solo gesto para que no se esconda en su concha
es demasiado tarde sorbo lo lanzo contra troncos
nada funciona entonces lo dejo atrás en mi camino a casa
cae un orquídea del cielo estruendo de rama y hojas
la recojo con maña entre las fauces para adornar la piedra que techa mi madriguera
hoy la noche no está tan clara
no se va secar con tanta oscuridad
antes de llegar a casa veo bayas
el hambre ciega el olfato me rio ñiñññ
flor al suelo
como con desgana y se tiñen los dientes del morado pegajoso del cajeto
recojo la orquídea con una nueva sonrisa tinta y al rato llego al tapete de musgos
recuerdos de distintos sitios crecen y se confunden
musgo en “Y”
musgo estrella
musgo pelos de vieja
musgo cola de ballena
vista larga de la alfombra bajo los árboles
se nubla de afuera hacia adentro
troncos altos y sin ramas columnas teniendo el cielo
acá y allá bromelias
rosetas con sus varas largas para flores moradas y pequeñas
quiche piña biche
quiche espiga ocre
quiche bastón magenta
quiche chorro de sangre como el Tequendama
sacudo la cabeza
pongo la nueva flor en la piedra llena de helechos y orquídeas
en el suelo brillan albirrojos faroles de sus varas
huele a flor de gaque que sabroso
dejo atrás los peligros y delicias del monte
jardín
cambio cuando estoy en casa.
a. De día
Hace años caminábamos en el monte todas las madrugadas, con niebla, entre una mancha verde oscura en medio de los amarillos pastizales y grises invernaderos del mapa de la sabana de Bogotá. Entrábamos y salíamos para oler las ramas, ver las flores, comer hongos, peinar el viento.
Al occidente de la Cordillera Oriental, antes de que caiga la montaña al sopor del río Magdalena, la repetición nos entrenó para ver los pequeños caminos de los armadillos, puercoespines, cusumbos y guaras.
Una mañana se atravesó en nuestro camino, como una espina, un chuscal infranqueable, y fue preciso desviarnos reptando por uno de estos caminos de animal pequeño. Pronto pudimos pararnos y un pie siguió al otro, en el encanto de ese sendero. Como si nos llevaran las aguas de un cauce, el monte nos fue tragando. Pasaban las horas y, de repente, el intrincado de ramas y enredaderas, que los cuerpos superaban trastabillando, se transformó en un bosque despejado.
Las copas tamizaban la luz de una mañana alta. Rayos y sombras acariciaron el suelo, tapizado por musgos de colores. Bromelias verdes y rojas custodiaban el camino, donde ranas diminutas se bañaban esperando el mediodía. Palos lisos sostenían al cielo como estantillos. Las aves, que nos vieron llegar, se callaron al tiempo para concentrarse en sus ojos. Al final del rastro, una madriguera se enterraba bajo una gran piedra, coronada por helechos y orquídeas.
Frente al paisaje, no hicimos más que contemplar la incomodidad que allí respirábamos, y que se iba acumulando en nuestro interior. De repente, nos resultó evidente que el perfume de nuestros cuerpos era desagradable. Nuestros movimientos eran escandalosos, nuestra presencia un lastre para el lugar, que nos aconsejaba huir con rapidez
Desandamos los pasos sin hablar.
Al final, fuera del bosque, nos miramos.
Me dijo lo que estaba pensando: un jardín.
Así supimos que los jardines no eran humanos, sino de las casas y, por ende, de todo aquél que se establece. Habíamos pisado el jardín de alguien más, no solo eso, de alguien de otra especie. Así como hay personas que ponen Rudas en las entradas, las Bromelias nos habían espantado.
Nosotros estudiamos el monte, no el jardín. Pero ahora sabemos que en el monte hay jardines, que adornan, cercan, delimitan, se entrelazan.
¿Para qué sirven los jardines entre los llanos y el Magdalena? No lo sabemos con claridad. Ahora, cuidamos nuestro jardín, sembramos las plantas con cuidado, pensando en cómo crecen las uñas y las garras de los otros.

